El arte de sonreír

Cada martes a las cinco de la tarde, me dirijo a mi clase de pilates semanal. A las cinco y media me tumbo en la esterilla, para olvidarme de todas mis preocupaciones durante una hora. Durante una hora, vivo en el presente, estoy, soy.

Hoy la clase ha terminado de una manera diferente. Cada día, los últimos diez o cinco minutos, los dedicamos a una relajación, mi profesor nos guía a través de sus palabras a una meditación, para que asimilemos lo experimentado en la clase y sintamos profundamente las sensaciones con las que nos vamos. Se trata de salir de esa sala, mejor de cuando entramos. La meditación trata de relajar cada parte de tu cuerpo, de dejar la mente en blanco, apagar el monólogo interior, rendirse, dejar ir. En esos diez minutos, eres tú con tu cuerpo, no hay nada más. Simplemente, debes sentir. Es muy difícil hacerlo sin que nuestra mente pensante quiera darle un nombre a todo, quiera justificarlo con palabras. Pero ahí está el juego, desprenderse de la mente, sentir en cuerpo y alma. 

Al final de esta meditación, las palabras de mi maestro me han guiado a un lugar que me ha emocionado, he tenido que contenerme las lágrimas, estas no eran de tristeza, sino de felicidad. Sus palabras han sido: “Ahora, quiero que me hagas un favor, pero más que a mi, quiero que te lo hagas a ti. Sonríe”. Y ahí estaba yo, esbozando una sonrisa, que no me lo pensé ni un segundo. La sonrisa era para mí, surgía de mi interior, se trataba de una sonrisa consciente, no de cualquier sonrisa. “Sonríe más fuerte” nos decía. En ese momento, quería llorar. Pensando en, cuánto tiempo hacía que no me regalaba una sonrisa a mí misma. Sentí un escalofrío por todo el cuerpo, una recarga de energía, como si esa sonrisa en mi cara hubiese llegado a cada órgano de mi cuerpo. Mi cuerpo entero estaba sintiendo esa sonrisa. 

Sonreímos a menudo como un acto automático, cuando saludamos a alguien que nos encontramos por la calle, cuando subimos al autobús e intercambiamos un hola con el conductor, cuando la cajera del supermercado te desea un buen día. A veces son sonrisas forzadas, comprometidas, pero las regalamos a quien nos encontremos. El resto del día, nos lo pasamos con una expresión neutra. Perdidos en nuestros pensamientos, incluso caminamos por la calle con cara de enfadados, como si nuestro jefe nos acabara de decir que nos va a bajar el sueldo. Es una forma de protección; fruño fruncido, mirada hacia el suelo, evitando cualquier contacto directo con cualquier desconocido. Al que va sonriendo, se le llama loco. 

Hoy, te propongo un reto. Para por un momento, deja esa mente inquieta a un lado, y sonríe. Regálate esa sonrisa porque te lo mereces. No importa que hayas tenido un mal día, tal vez las cosas no han salido como esperabas, tal vez sientes estrés de más o estás pasando una mala racha. Pero date ese minuto, en este día. Date el placer de sonreír. Sonríe desde dentro, y deja que tu cuerpo se inunde de esa sensación. Esa sonrisa es para ti, lo estás haciendo bien, y eventualmente, todo volverá a su lugar. 

Y tú, ¿cuándo fue la última vez que te regalaste una sonrisa? 

Gracias Ángel, por hacerme sonreír. 

Deja un comentario